La inflamación se ha convertido en el nuevo gluten

La inflamación se ha convertido en el nuevo gluten

Hace 10 años todo era culpa del gluten. Ahora todo es inflamación. Cambiamos de palabra, no el mecanismo.

Antes era el pan. Luego los lácteos. Después el azúcar. Ahora la inflamación.
Siempre necesitamos un enemigo con nombre propio.

La palabra “inflamación” suena científica, profunda, incuestionable. Tiene ese poder semántico que intimida y tranquiliza al mismo tiempo. Si todo es inflamación, entonces todo tiene una explicación. Y si tiene explicación, tiene solución. Preferiblemente en forma de lista.

Pero aquí va una verdad incómoda: la inflamación no es el villano. Es el mensajero.

Y llevamos años disparando al mensajero.

De enemigo alimentario a palabra comodín.

Vivimos en una cultura que convierte procesos biológicos complejos en tendencias de consumo. El gluten fue el símbolo de una década obsesionada con el control. La inflamación es el símbolo de una década agotada.

La diferencia es sutil pero importante.

El gluten representaba “lo que sobra”. La inflamación representa “lo que se desregula”.
Y la desregulación es mucho más difícil de aceptar que una intolerancia.

Porque implica que el problema no está solo en el plato.

Qué es la inflamación (cuando no es márketing).

La inflamación, en términos reales, no es una moda. Es un mecanismo fisiológico esencial. Es la forma en que el sistema inmunitario responde a una amenaza. Es una herramienta de supervivencia. Sin inflamación, no hay reparación.

El problema no es que exista. El problema es cuando no sabe apagarse. Y ahí entramos en terreno delicado.

El cuerpo humano está diseñado para alternar entre activación y descanso. Estrés y recuperación. Acción y calma. El sistema nervioso simpático se activa cuando necesitamos responder; el parasimpático entra cuando necesitamos reparar.

Pero ¿qué ocurre cuando vivimos en activación constante?

No hablo solo del estrés evidente. Hablo del microestrés crónico:
– Dormir poco.
– Comer deprisa.
– Entrenar desde la exigencia.
– Relaciones tensas.
– Autoexigencia permanente.
– Estar siempre disponibles.
– No tener espacios de silencio real.

Cuando el sistema nervioso interpreta que el entorno no es seguro, activa protocolos de supervivencia. Y la inflamación forma parte de ese protocolo.

No porque el brócoli sea insuficiente. Sino porque el cuerpo percibe amenaza. Y un cuerpo en amenaza no prioriza la digestión perfecta ni la regulación hormonal óptima. Prioriza sobrevivir.

Inflamación que no se apaga: el problema real.

Aquí es donde la narrativa cultural simplifica lo complejo.

“Estás inflamada” se convierte en diagnóstico universal. Hinchazón, fatiga, dolor menstrual, acné, ansiedad, migrañas… todo cabe en el mismo saco.

Y entonces aparece la promesa: protocolo antiinflamatorio de 21 días.

Es seductor. Porque es concreto. Porque da sensación de acción. Porque nos devuelve la ilusión de control.

Pero la inflamación crónica rara vez es solo un problema alimentario. Es un problema de desregulación.

Desregulación del eje estrés-respuesta.
Desregulación del sueño.
Desregulación del ritmo circadiano.
Desregulación emocional.
Desregulación del sistema nervioso autónomo.

Y eso no se corrige únicamente cambiando ingredientes. La comida puede acompañar. Puede reducir carga. Puede facilitar procesos. Pero no puede convencer a un sistema nervioso hiperalerta de que el mundo es seguro.

Desregulación: cuando el cuerpo vive en amenaza.

Hay algo que incomoda admitir: muchas veces no estamos inflamadas por lo que comemos, sino por cómo vivimos.

Vivimos aceleradas pero queremos digerir despacio.
Vivimos en alerta pero queremos ciclos menstruales suaves.
Vivimos desconectadas pero queremos regulación hormonal estable.

No funciona así.

El cuerpo no distingue entre un correo urgente y un depredador. Distingue entre seguridad y amenaza. Y si la amenaza es constante (aunque sea psicológica) la biología responde en coherencia.

Por qué la comida no regula un sistema nervioso en alerta.

Esto no significa que la alimentación no importe. Importa. Mucho. Pero convertirla en la única variable es una forma elegante de evitar mirar lo demás.

Es más fácil eliminar alimentos que poner límites.
Es más fácil comprar suplementos que revisar relaciones.
Es más fácil seguir una lista que cuestionar el ritmo de vida.

La cultura del bienestar a veces replica la misma lógica que dice combatir: más rendimiento, más optimización, más exigencia. Incluso el autocuidado se convierte en una tarea.

Y el sistema nervioso sigue en emergencia.

Lo que sí cambia el juego.

La verdadera conversación no es “qué alimentos inflaman”.
La verdadera conversación es: ¿por qué tu cuerpo no siente que puede relajarse?

Ahí es donde empieza el trabajo real.

No es tan marketiniano. No se vende en 5 pasos. No cabe en un carrusel de Instagram. Implica restaurar seguridad interna.
Dormir de verdad.
Respirar sin prisa.
Entrenar para fortalecer, no para castigarse.
Comer con presencia.
Habitar el cuerpo, no combatirlo.

Implica entender que la regulación no se impone; se construye.

La inflamación se ha convertido en el nuevo gluten porque necesitamos un culpable visible. Pero el cuerpo no funciona en titulares. Funciona en sistemas. Y un sistema no se equilibra atacando síntomas aislados. Se equilibra reduciendo la percepción constante de amenaza.

Por eso algunas mujeres comen “perfecto” y siguen agotadas.
Por eso otras no siguen ningún protocolo estricto y, sin embargo, están reguladas.

No es azar. Es contexto biológico.

No necesitas otra lista. Nececitas salir del modo emergencia.

Quizá la pregunta no es qué deberías quitar de tu dieta.

Quizá la pregunta es qué deberías quitar de tu modo de vida.

Porque ningún protocolo antiinflamatorio puede competir con un sistema nervioso que vive en modo supervivencia. Y ningún superalimento compensa una vida en alerta permanente.

No necesitas otra lista antiinflamatoria.
Necesitas dejar de vivir en modo emergencia.

Si todo esto te resuena, quizá no necesitas otro protocolo.
Quizá necesitas entender cómo está funcionando tu sistema.

En NutriHelp® no trabajamos desde la restricción ni desde el miedo a los alimentos.
Trabajamos desde la regulación: sistema nervioso, hormonas, contexto de vida y biología femenina real.

Sin soluciones rápidas.
Sin listas infinitas.
Sin optimización obsesiva.

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Comer cinco veces al día (y otros mitos nutricionales que nos hemos tragado)

Comer cinco veces al día (y otros mitos nutricionales que nos hemos tragado)

Durante años nos han repetido frases como si fueran verdades universales, casi leyes de la naturaleza: “Hay que comer cinco veces al día”, “el desayuno es la comida más importante”, “los cereales son la base de la alimentación”, “la grasa es mala”.

El problema no es que sean consejos. El problema es que no son verdades biológicas, sino ideas relativamente recientes, nacidas en contextos muy concretos.
Y tu cuerpo, por mucho que se empeñen algunos manuales, no vive en un folleto nutricional del siglo XX.

Vamos a desmontar algunos de los mitos más arraigados de la nutrición moderna. Sin dogmas. Con historia. Y con sentido común.

El gran mito: “hay que comer cinco veces al día”

Este es, sin duda, el rey de los mitos nutricionales. El que más ansiedad ha generado. Y el que más desconexión ha creado entre las personas y su propio cuerpo.

Nos dijeron que si no comes cada tres horas el metabolismo se “ralentiza”, el cuerpo entra en “modo ahorro», engordas y, básicamente, estás haciendo todo mal.

¿Qué ocurre en realidad? El metabolismo no funciona como un interruptor que se apaga si no comes a media mañana.
Si fuera así, la humanidad no habría sobrevivido ni dos generaciones.

Durante la mayor parte de la historia:

  • no había comida constante

  • no había snacks

  • no había neveras llenas

  • no se comía “porque toca”

El cuerpo humano está diseñado para adaptarse, no para recibir comida cada tres horas como si fuera una máquina de vending.

Entonces, ¿de dónde sale esta idea? Principalmente de la normalización de horarios laborales rígidos, la abundancia constante de comida, la industria del snack “saludable” y una visión muy simplificada (y errónea) del metabolismo.

Comer cinco veces al día no acelera el metabolismo.
Lo que sí puede hacer es impedir que aparezca el hambre real, mantener niveles de insulina constantemente elevados, dificultar la regulación natural del apetito…

Y, sobre todo, enseñarte a no escuchar a tu cuerpo.

Comer más veces no es comer mejor.
Comer cuando no hay hambre no es autocuidado.

Hace años ya escribí sobre este tema con calma y profundidad en el blog, cuando empecé a cuestionar seriamente esta idea:
[Comer cinco veces al día: ¿realmente es necesario?]

El desayuno no es “la comida más importante del día”

Otra frase repetida hasta la saciedad.

El desayuno puede ser importante… pero no lo es para todo el mundo, ni de la misma manera, ni a la misma hora.

La idea de que desayunar nada más levantarse es obligatorio se populariza a mediados del siglo XX, muy ligada a horarios escolares y laborales, mensajes publicitarios y productos específicos para el desayuno.

Desde un punto de vista fisiológico el cuerpo viene de un ayuno nocturno normal; no pasa nada por alargarlo un poco más e incluso muchas personas rinden mejor comiendo más tarde.

El cuerpo necesita energía.
No necesita rituales impuestos.

“Los cereales son la base de la alimentación”

Este mito merece capítulo aparte.

La famosa pirámide con los cereales en la base no es ancestral, ni tradicional, ni milenaria. Es un constructo moderno, nacido en contextos de producción masiva, bajo coste, miedo a la grasa (otro temazo) e intereses agrícolas e industriales.

Históricamente, la alimentación humana ha sido estacional y adaptada al entorno, basada en lo disponible. Que un alimento sea barato, almacenable y rentable no lo convierte automáticamente en la base óptima de la alimentación.

Y menos aún cuando vemos las consecuencias metabólicas actuales.

“La grasa es mala”

Durante décadas se demonizó la grasa como si fuera el origen de todos los males. ¿El resultado? Productos light, más azúcar, más ultraprocesados, más inflamación, más confusión. Productos que se siguen vistiendo de sanos con el fin de huir de la grasa. 

Hoy sabemos que no todas las grasas son iguales, y que es necesaria.

El miedo a la grasa no fue un error inocente.

Fue una decisión histórica con consecuencias reales.

El problema no es la nutrición. Es cómo nos la enseñaron.

La mayoría de estos mitos tienen algo en común: no tienen en cuenta a la persona real.

No tienen en cuenta el ciclo hormonal (eso ya está cambiando, por fin…), ni nuestro nivel de estrés o cómo lo gestionamos, la actividad física, tu etapa vital ni la relación que puedas teber con la comida.

Nos enseñaron a comer siguiendo normas externas, no señales internas.
A cumplir horarios, no a escuchar el cuerpo.
A controlar, más que a comprender.

No se trata de desmontarlo todo ni de vivir en guerra con la nutrición.
Se trata de dejar de obedecer normas que no respetan tu biología ni tu contexto.

La alimentación no es una religión.
No es una lista de mandamientos.
Es una relación.

Y como cualquier relación, conviene revisarla de vez en cuando.

La pirámide alimentaria no es eterna: historia, contexto y cómo interpretar la nueva pirámide de EE. UU.

La pirámide alimentaria no es eterna: historia, contexto y cómo interpretar la nueva pirámide de EE. UU.

Cuando la nutrición vuelve a arder

Cada cierto tiempo, la nutrición vuelve a convertirse en un campo de batalla. Esta vez le ha tocado a la nueva pirámide alimentaria publicada en Estados Unidos. Para algunas personas es una barbaridad; para otras, una moda más; para muchas, una traición a todo lo que aprendieron en el colegio. Se habla de exceso de proteína, de confusión, de intereses ocultos. Y, como suele pasar, el debate se llena de ruido antes incluso de hacerse la pregunta más importante.

Porque antes de decidir si esta nueva pirámide es acertada o no, quizá conviene detenerse un momento y mirar más atrás. Mucho más atrás. Y preguntarse algo que casi nunca nos preguntamos: ¿desde cuándo existe realmente la pirámide alimentaria que consideramos “la de toda la vida”?

Para entender la polémica actual, primero hay que conocer la historia de la pirámide alimentaria, cómo se creó y por qué ha ido cambiando con el tiempo.

La sensación de que “esto ha sido así siempre”

La mayoría de personas tiene la sensación de que la pirámide con cereales en la base ha estado siempre ahí. Como si fuera una ley natural, casi biológica. Si creciste viendo ese dibujo en libros de texto, consultas médicas y campañas de salud pública, es normal que lo sientas así. Lo que se aprende de pequeño, y se repite durante décadas, acaba pareciendo incuestionable.

Pero esa sensación no viene de la biología ni de la historia de la humanidad. Viene de la repetición.
La realidad es que la pirámide alimentaria es un invento muy reciente. Tan reciente que, desde el punto de vista de la historia humana, apareció hace cuatro días.

La primera pirámide no nació por salud, sino por economía

La primera pirámide alimentaria no nació en una consulta ni en un laboratorio, ni siquiera en Estados Unidos. Nació en Suecia, en los años setenta, en un contexto muy concreto: crisis del petróleo, encarecimiento de los alimentos y una necesidad clara de garantizar que la población pudiera alimentarse de forma suficiente sin que el coste se disparara.

El objetivo no era optimizar la salud metabólica ni reducir la inflamación crónica. El objetivo era práctico y social: responder a una pregunta urgente y muy concreta. Cómo comer de forma equilibrada gastando poco.

Este matiz suele pasar desapercibido, pero lo cambia todo. La pirámide no nació como una verdad universal sobre cómo debería comer el ser humano en cualquier época y contexto. Nació como una herramienta útil para un momento histórico concreto. Y eso no la invalida, pero sí la pone en su sitio.

1992: cuando los cereales se colocaron en la base

Avanzamos unas décadas y llegamos a la imagen que se nos quedó grabada a fuego. En 1992, el USDA publica la pirámide alimentaria que marcaría a generaciones enteras. La famosa pirámide con cereales, pan, arroz y pasta ocupando la base, y las grasas relegadas a la cúspide, casi como algo a evitar.

Esa imagen se difundió masivamente y se convirtió en el símbolo de lo que significaba “comer bien”. Reflejaba fielmente el pensamiento nutricional dominante de finales del siglo XX: miedo a la grasa, obsesión por las calorías y una enorme confianza en que los carbohidratos complejos debían ser la base de la alimentación.

También reflejaba algo menos visible, pero igualmente real: el contexto agrícola e industrial del momento. No fue un engaño ni una conspiración. Fue una fotografía bastante honesta de su tiempo.

Entender este contexto es fundamental para comprender la historia de la pirámide alimentaria y por qué no puede interpretarse como una verdad eterna.

No fue un error, fue contexto histórico

El problema no fue crear esa pirámide. El problema fue convertirla en dogma. Asumir que una herramienta diseñada en un contexto concreto debía servir para todos los cuerpos, en todas las etapas de la vida y durante décadas sin apenas revisión.

La biología humana no funciona así. Y la nutrición tampoco debería hacerlo.

Si hoy sentimos que esa pirámide ha existido siempre es, simplemente, porque la aprendimos cuando aún estábamos formando nuestra mirada del mundo. La infancia fija creencias, la repetición las refuerza y la autoridad las consolida.

Pero pongamos las cosas en perspectiva: la especie humana lleva cientos de miles de años comiendo. La pirámide con cereales en la base tiene poco más de treinta. Históricamente hablando, eso es ayer.

Cuando incluso las guías oficiales empezaron a dudar

Con el paso del tiempo, las grietas empezaron a verse. Primero llegó MyPyramid, más técnica y menos clara. Después MyPlate, intentando simplificar el mensaje y hacerlo más comprensible. Y ahora, la nueva propuesta de 2025–2026, que vuelve a cambiar el enfoque.

Cada modificación no es un capricho. Es una señal clara de algo que a veces cuesta aceptar: la nutrición también evoluciona.

La nueva pirámide de Estados Unidos y la incomodidad que genera

La nueva pirámide (o modelo invertido) rompe con una imagen muy interiorizada. Reduce el protagonismo del cereal, da más espacio a la proteína, pone el foco en alimentos reales y resta importancia a los ultraprocesados.

Y eso incomoda. Porque no cuestiona solo un dibujo. Cuestiona una narrativa aprendida durante décadas.

Desde una mirada clínica y antiinflamatoria, hay aspectos de esta nueva propuesta que tienen sentido: menos productos ultraprocesados, más atención a la saciedad, más calidad nutricional. Y también hay aspectos que requieren matices, porque ningún mensaje simplificado funciona igual en todos los cuerpos.

En mi práctica no trabajo siguiendo pirámides al pie de la letra. Trabajo interpretándolas. Porque ningún esquema puede sustituir a un cuerpo real, a su historia, a sus síntomas o a su momento vital.

Una alimentación antiinflamatoria no busca encajar en un dibujo rígido. Busca reducir ruido, estrés metabólico y confusión. Y eso requiere criterio, no obediencia.

La nutrición no es religión, es evolución

Quizá el verdadero error de fondo sea seguir buscando una pirámide universal, válida para todos. No existe una base perfecta ni un reparto ideal que funcione igual en todos los cuerpos.

La pirámide alimentaria no es eterna. Nunca lo ha sido. Es una foto tomada en un momento histórico concreto, condicionada por la economía, la cultura y la ciencia disponible en ese instante. Entender esto no debilita nuestra forma de comer; la hace más libre, más consciente y, paradójicamente, más saludable.

Porque cuando dejamos de seguir reglas ciegas, empezamos a comer con criterio.
Y eso, al final, es profundamente antiinflamatorio.

Por qué sigues hinchada aunque comas “sano”: errores antiinflamatorios que nadie te explica

Por qué sigues hinchada aunque comas “sano”: errores antiinflamatorios que nadie te explica

Hay una escena que se repite más de lo que imaginas. Mujer sentada frente a mí, mirada honesta, algo cansada, y esta frase:

“Marta, como sano… pero estoy siempre hinchada.”

Y cuando rascamos un poco, aparece el menú: ensalada gigante, fruta todo el día, crackers “integrales”, hummus, semillas, yogur vegetal, infusiones digestivas…
Todo muy correcto. Todo muy saludable. Y sin embargo, la tripa sigue ahí, dura, presente, molesta.

Así que vamos a decirlo claro, con cariño pero sin rodeos:
👉 comer sano no siempre es comer antiinflamatorio.

El mito de “si es sano, me sienta bien”

Nos han vendido que lo sano es universal. Que si algo es verde, vegetal o “natural”, tu cuerpo debería aplaudir.

Y no funciona así.

Tu sistema digestivo no entiende de etiquetas. Entiende de cargas, de mezclas, de momentos, de estrés, de proporciones.

Y ahí empiezan los problemas.

Cuando el exceso de crudos deja de ser buena idea

Esto lo veo muchísimo. Personas que desayunan fruta, comen ensalada, cenan ensalada…
Y luego se preguntan por qué tienen gases, hinchazón o sensación de “digestión eterna”.

Las verduras son maravillosas, sí. Pero crudas, en exceso y sobre un intestino sensible, pueden ser gasolina para la inflamación.

No porque sean malas. Sino porque tu digestión necesita ayuda, no más trabajo. A veces, lo más antiinflamatorio que puedes hacer es cocinar.

Comer “ligero” no es comer suficiente

Otro clásico. Platos muy limpios, muy correctos… pero sin proteína suficiente.

Y entonces pasa esto:

la saciedad no llega, el azúcar en sangre sube y baja, aparece el picoteo y la inflamación se mantiene.

No, no estás hinchada porque comes mucho. Muchas veces estás hinchada porque comes poco de lo que toca.

El estrés también se sienta a la mesa

Este no sale en los menús, pero pesa.

Comer rápido.
Comer pensando en el trabajo.
Comer con culpa.
Comer mirando el móvil.

Tu digestión no empieza en el estómago. Empieza en el sistema nervioso. Y un cuerpo en alerta no digiere bien, por muy “sano” que sea el plato.

Entonces… ¿qué falla?

No fallas tú. No falla tu fuerza de voluntad. No fallan las verduras.

Falla el enfoque.

La alimentación antiinflamatoria no va de hacerlo perfecto, va de hacerlo coherente con tu cuerpo.

Menos rigidez. Más proporciones. Más comida real bien combinada. Más escucha.

Cuando dejamos de obsesionarnos con “comer limpio” y empezamos a comer mejor repartido, suele pasar algo curioso:

  • La barriga baja

  • Las digestiones se alivian

  • Hay más energía

  • Y desaparece esa sensación de estar siempre “a medias”

No en semanas. Muchas veces, en días.

Y aquí es donde entra el acompañamiento.

Porque una cosa es leerlo y otra muy distinta es saber cómo aplicarlo en tu día a día.

En NutriHelp no trabajamos con menús perfectos ni con listas eternas. Trabajamos con comida real, ajustes finos, hábitos sostenibles y mucha pedagogía del cuerpo.

👉 Si te apetece aprender a comer antiinflamatorio de verdad —sin dramas y sin vivir a base de ensaladas— te dejo el enlace más abajo.

Y como siempre, si al leerme has pensado “esto me pasa a mí” o hay algo que no te encaja, te leo en comentarios.

El truco del 20 % que deshincha: la regla que uso con todas mis clientas (y funciona)

El truco del 20 % que deshincha: la regla que uso con todas mis clientas (y funciona)

Esta mañana estaba desayunando tranquilamente, café en mano, cuando me he acordado de una conversación que repito casi cada semana en consulta.
Barriga hinchada. Cansancio. Sensación de “como sano pero algo no va”.

Y siempre aparece la misma pregunta:

“Marta, ¿qué tengo que quitar?”

Spoiler: no se trata de quitar. Se trata de ajustar proporciones. Y aquí entra el truco del 20 %, uno de los más simples y más efectivos que aplico en alimentación antiinflamatoria.

El problema no son las cantidades (es el reparto)

Muchas personas comen “bien”:

  • Verduras ✔

  • Proteína ✔

  • Carbohidratos ✔

Pero aun así siguen hinchadas, pesadas o con digestiones lentas.

¿Por qué? Porque comen demasiado de lo que inflama y poco de lo que regula. No hace falta contar calorías. No hace falta pesar comida. Hace falta mover un 20 % del plato.

¿En qué consiste el truco del 20 %?

Es muy simple:

👉 Reduce un 20 % del alimento que más te inflama
👉 Sustitúyelo por un 20 % de alimentos antiinflamatorios

Nada más.

Ejemplos reales (vida real, no Instagram):

  • Menos pan → más verdura cocinada

  • Menos pasta → más proteína

  • Menos azúcar → más grasa buena

  • Menos picoteo → más comidas estructuradas

No quitamos. Recolocamos.

Ejemplo práctico de plato antiinflamatorio

Antes:

  • Plato grande de arroz

  • Algo de verdura

  • Proteína testimonial

Después (aplicando el 20 %):

  • Un poco menos de arroz

  • Verdura cocinada ocupando medio plato

  • Proteína suficiente para saciar

Resultado habitual en 48–72 h:

  • Menos hinchazón

  • Mejor digestión

  • Más energía

  • Barriga menos “presente”

¿Por qué funciona tan rápido?

Porque baja la carga glucémica, mejora la digestión, reduce inflamación intestinal, aumenta saciedad y regula la insulina.

Y todo eso sin estrés ni prohibiciones.

Errores comunes (y muy humanos)

  • “Si es sano, puedo comer todo lo que quiera”

  • “Como poco, pero mal repartido”

  • “Me inflamo porque tengo mala suerte”

No.
Te inflamas porque tu plato no está equilibrado para tu fisiología.

La alimentación antiinflamatoria no va de hacerlo todo perfecto, ni de comer “limpio” como si estuviéramos en un laboratorio, ni mucho menos de vivir a base de platos tristes y repetitivos. Va de comer con intención, de entender qué le sienta bien a tu cuerpo y, sobre todo, de jugar con las proporciones.

Porque no es cuestión de cantidades.
Es cuestión de reparto.
Ahí está el truco del almendruco: proporciones.

✨ ¿Y ahora qué?

Si te gustaría aprender a hacer este tipo de ajustes sin entrar en dietas estrictas, sin pesar comida y sin vivir con la sensación de que lo estás haciendo mal, en NutriHelp trabajamos justo eso. Menús reales, ajustes prácticos, hábitos sostenibles y mucha escucha del cuerpo, sin juicios ni rigideces.

👉 Si te apetece profundizar un poco más, te dejo el enlace más abajo.

Y como siempre, si hay algo que no te encaja o quieres que lo baje todavía más a tierra-terreta, te leo en los comentarios.