Después de los 40, perder peso no debería ser el único objetivo

Después de los 40, perder peso no debería ser el único objetivo

Quizá llevas años mirando el número equivocado

Hay mujeres que llegan a consulta con una cifra muy clara en la cabeza.

«Quiero perder cinco kilos.»

A veces son siete. A veces diez. Otras simplemente quieren volver al peso que tenían antes de la menopausia, antes de los embarazos o hace quince años. Y entiendo perfectamente por qué. Durante décadas hemos utilizado el peso como una especie de resumen de nuestra salud corporal. Si baja, parece que vamos bien. Si sube, sentimos que algo estamos haciendo mal.

Pero cuando trabajo con una mujer de cuarenta, cincuenta o sesenta años, hay otra pregunta que cada vez me interesa más:

¿Qué queremos que haya dentro de esos kilos?

Porque dos mujeres pueden pesar exactamente lo mismo y tener una composición corporal, una fuerza y una capacidad física completamente diferentes.

Y también porque podemos conseguir que la báscula baje mientras perdemos algo que, a partir de esta etapa, deberíamos estar intentando proteger con bastante más empeño: músculo.

Cuando pierdes peso, no pierdes solo grasa

Perder peso y perder grasa no son sinónimos.

Cuando generamos un déficit energético, el organismo utiliza reservas de grasa, pero durante una pérdida de peso también podemos perder tejido libre de grasa, incluido músculo. Cuánto preservamos depende, entre otros factores, de cómo planteamos esa pérdida, de nuestra alimentación, de la cantidad de proteína y del entrenamiento de fuerza.

Y esto adquiere todavía más importancia con la edad.

Con el paso de los años existe una tendencia progresiva a perder masa y función muscular. En las mujeres, además, la transición menopáusica se acompaña de cambios hormonales y de composición corporal que hacen especialmente interesante prestar atención al músculo.

Por eso no me interesa especialmente una estrategia que consiga hacerte perder muchos kilos si una parte de lo que dejamos por el camino es tejido que vas a necesitar.

Quizá el objetivo no debería ser simplemente ocupar menos espacio. Quizá deberíamos empezar a preocuparnos también por construir un cuerpo más capaz.

Porque el músculo no está ahí únicamente para que te veas fuerte. Participa en la gestión de la glucosa y tiene un papel importante en nuestra salud metabólica. En Cómo mejorar la sensibilidad a la insulina sin obsesionarte con la comida explico con más detalle por qué el músculo, el movimiento y el entrenamiento tienen tanto que decir en nuestra capacidad para gestionar la glucosa.

Pero su importancia tampoco termina en el metabolismo.

El músculo es lo que te permite levantarte del suelo, subir escaleras, cargar una maleta, caminar por la montaña o recuperarte mejor después de un periodo de enfermedad o inactividad.

El músculo es reserva.

Y el cuerpo con el que quieres vivir dentro de veinte años se está construyendo también ahora.

Comer cada vez menos puede no ser la estrategia que necesitas

Aquí aparece una contradicción que veo mucho en consulta.

Una mujer nota que su cuerpo está cambiando. Aparece algo más de grasa abdominal, la báscula empieza a moverse y su primera reacción es reducir comida. Elimina el pan. Reduce los hidratos de carbono. Cena menos. Intenta aguantar más horas sin comer. Busca alimentos que llenen mucho aportando pocas calorías.

Y quizá consigue perder peso. Pero hay otra pregunta que me interesa más:

¿Qué tipo de cuerpo estamos construyendo durante ese proceso?

Si queremos preservar o aumentar masa muscular necesitamos darle al cuerpo un estímulo para hacerlo (principalmente entrenamiento de fuerza) y los nutrientes necesarios para mantener y reparar ese tejido.

Aquí la proteína tiene un papel especialmente relevante.

No porque después de los 40 tengamos que vivir contando gramos ni añadir un batido a todo. Sino porque una ingesta suficiente de proteína, dentro de una alimentación adecuada y acompañada de entrenamiento de fuerza, ayuda a preservar la masa muscular y favorece su adaptación.

Y cuando reviso la alimentación de muchas mujeres encuentro algo curioso: llevan años preocupándose muchísimo por no comer demasiado y bastante poco por asegurarse de que están comiendo lo necesario para proteger su músculo.

Desayunos con poca o nula proteína. Comidas donde la fuente proteica es casi testimonial. Cenas cada vez más pequeñas porque «por la noche ya no necesito energía».

Todo parece muy ligero. Pero ligero no siempre significa adecuado.

Y aquí el entrenamiento tampoco debería entenderse simplemente como otra herramienta para aumentar el gasto energético. En Entrenar fuerza no es físico. Es psicológico. hablo precisamente de lo que cambia cuando dejamos de entrenar únicamente para modificar nuestro cuerpo y empezamos a hacerlo también para construirlo.

La báscula no puede decirte si estás construyendo un cuerpo mejor

Imagina que durante los próximos meses empiezas a entrenar fuerza de verdad. Comes suficiente proteína. Recuperas mejor. Progresivamente levantas más peso. Tu cintura cambia, tu ropa te queda diferente y tienes más fuerza. Incluso puedes haber perdido grasa mientras preservas o aumentas algo de masa muscular.

Pero la báscula se mueve mucho menos de lo que esperabas.

¿Significa que no está funcionando? Solo si el peso es el único indicador que estás mirando.

Si incorporamos composición corporal, perímetro de cintura, fuerza, rendimiento, salud metabólica y capacidad física, la conversación cambia.

Esto no significa que el peso sea irrelevante. En determinados contextos clínicos, reducir un exceso de adiposidad puede producir beneficios importantes para la salud. El problema es convertir el peso en el único resultado que merece nuestra atención.

Porque entonces podemos celebrar una pérdida de kilos que también se está llevando músculo y frustrarnos ante un cuerpo que está mejorando simplemente porque la cifra no baja suficientemente rápido.

La báscula mide kilos. No puede decirte qué eres capaz de hacer con ellos.

Quizá necesitamos cambiar la pregunta

No creo que cumplir cuarenta años signifique que de repente tengamos que dejar de querer perder peso. Ni que querer cambiar nuestro cuerpo sea superficial. Lo que sí creo es que merece la pena ampliar el objetivo.

En lugar de preguntarnos únicamente «¿cómo puedo pesar menos?», podemos empezar a preguntarnos: ¿Estoy alimentando el cuerpo que quiero construir o simplemente intentando hacerlo más pequeño?

Ahí aparecen decisiones diferentes.

Entrenar fuerza deja de ser algo que hacemos para quemar calorías y se convierte en una inversión en capacidad física. La proteína deja de ser una moda del mundo fitness y pasa a formar parte de la estrategia para preservar tejido. Y perder grasa, cuando realmente necesitamos perderla, deja de consistir únicamente en conseguir que la báscula baje lo más rápido posible.

Es la misma perspectiva que hay detrás de Las decisiones nutricionales que más protegen tu salud… aunque hoy no lo notes: muchas de las decisiones que parecen pequeñas hoy adquieren otra dimensión cuando pensamos en el cuerpo con el que queremos vivir dentro de veinte o treinta años.

Y cuando pienso en ese cuerpo, no pienso solamente en cuánto pesará. Pienso en poder levantarme del suelo. Viajar. Cargar mi maleta. Entrenar. Caminar durante horas. Recuperarme de una enfermedad. Seguir haciendo mi vida sin necesitar que otra persona la haga por mí.

Y muchas de esas capacidades tienen algo en común: necesitan músculo.

Por eso, después de los 40, quizá el objetivo no sea simplemente construir un cuerpo que pese menos. Sino construir un cuerpo capaz de acompañarte durante el resto de tu vida.

Tu microbiota no necesita que compres más suplementos

Tu microbiota no necesita que compres más suplementos

Hemos convertido la salud intestinal en otra lista de cosas que comprar

Probióticos. Prebióticos. Simbióticos. Enzimas digestivas. Fibras en polvo. Kombucha. Colágeno. Productos que prometen alimentar tus bacterias, mejorar la digestión o conseguir una microbiota más diversa.

Cada vez sabemos más sobre la relación entre la microbiota intestinal y nuestra salud. Y eso es una buena noticia. El problema es que también hemos convertido un ecosistema extraordinariamente complejo en una nueva categoría de consumo.

Lo veo con frecuencia en consulta. Una persona llega preocupada por su salud digestiva y ya está tomando un probiótico. A veces dos. Ha añadido fibra al desayuno, compra productos enriquecidos con prebióticos y ha empezado a tomar algún fermentado porque ha leído que es bueno para la microbiota.

Pero sigue hinchándose. O tiene gases. O su tránsito intestinal ha empeorado. Y entonces aparece la pregunta: «¿Qué más podría tomar?»

Yo muchas veces empezaría justo en la dirección contraria.

Antes de añadir algo, intentaría entender qué está ocurriendo.

Porque cuidar la microbiota no consiste en acumular productos destinados a la microbiota. Consiste en comprender qué necesita el ecosistema que ya vive dentro de nosotros.

Tu microbiota es un ecosistema, no algo que puedas “optimizar” con una cápsula

Cuando hablamos de microbiota intestinal nos referimos a una enorme comunidad de microorganismos que conviven en nuestro aparato digestivo e interactúan entre ellos, con nuestra alimentación y con nuestro propio organismo.

No existe una única microbiota perfecta que todos debamos intentar conseguir. Y tampoco podemos reducir la salud intestinal a tener muchas bacterias “buenas” y pocas bacterias “malas”.

Importa qué microorganismos están presentes, pero también qué funciones realizan, cómo interactúan entre ellos y cuál es el entorno en el que viven. Y ese entorno se construye todos los días.

Nuestra alimentación influye, pero no es la única variable. También intervienen la edad, la actividad física, el sueño, el estrés, determinadas enfermedades, nuestro entorno y algunos medicamentos, especialmente los antibióticos.

Por eso me cuesta hablar de “mejorar la microbiota” como si pudiéramos hacerlo introduciendo un producto concreto.

Un ecosistema no se construye acumulando suplementos. Se construye creando las condiciones para que pueda funcionar. Y aquí conviene entender dos palabras que utilizamos muchísimo.

Los probióticos son microorganismos vivos que, administrados en cantidades adecuadas, pueden producir un beneficio para la salud. Pero no todos hacen lo mismo: sus efectos dependen del microorganismo o cepa concreta, la dosis, la indicación y el contexto. Decir «toma un probiótico para el intestino» es bastante menos preciso de lo que parece.

Los prebióticos, en cambio, son sustratos que los microorganismos del huésped utilizan selectivamente y que producen un beneficio para la salud. Algunos tipos de fibra pueden ejercer un efecto prebiótico, pero fibra y prebiótico no son exactamente sinónimos.

Y esta diferencia nos lleva a algo mucho más interesante que elegir un bote.

Tu microbiota no come “fibra”: necesita sustratos que pueda utilizar

Cuando hablamos de alimentar la microbiota solemos resumirlo en una recomendación: come más fibra. Como mensaje general no está mal. Pero fisiológicamente podemos afinar bastante más.

Parte de los carbohidratos que ingerimos no son digeridos y absorbidos completamente en el intestino delgado y pueden llegar al colon, donde determinados microorganismos los utilizan como sustrato. Dentro de este concepto encontramos los llamados MAC, del inglés microbiota-accessible carbohydrates: carbohidratos accesibles para la microbiota.

Aquí pueden entrar diferentes fibras fermentables y determinadas formas de almidón resistente. Y lo interesante es que no todos esos sustratos son iguales ni todos nuestros microorganismos tienen capacidad para utilizarlos de la misma manera.

Cuando las bacterias intestinales fermentan algunos de estos compuestos producen metabolitos, entre ellos ácidos grasos de cadena corta como el acetato, el propionato o el butirato, que participan en diferentes funciones relacionadas con el entorno intestinal y nuestro metabolismo.

¿La conclusión práctica? No necesitamos encontrar el MAC perfecto. Es justo la contraria. Una microbiota diversa necesita recibir también una cierta diversidad de sustratos.

Por eso me interesa que a lo largo de la semana aparezcan verduras diferentes, frutas, legumbres, frutos secos, semillas, cereales integrales, tubérculos, hierbas y especias, siempre adaptados a la tolerancia y las necesidades de cada persona.

Incluso la forma en la que preparamos algunos alimentos puede modificar lo que llega a nuestra microbiota. Cuando cocinamos determinados alimentos ricos en almidón, como la patata o el arroz, y posteriormente los enfriamos, parte de ese almidón puede retrogradarse y hacerse más resistente a nuestra digestión. Una mayor proporción puede llegar al colon y quedar disponible para la microbiota.

¿Significa esto que a partir de mañana tienes que comer la patata fría? No. Y precisamente ahí empieza el criterio. Entender un mecanismo fisiológico debería ayudarnos a ampliar posibilidades, no a crear una nueva norma alimentaria.

Si quieres llevar esta idea a algo mucho más práctico, en mi artículo sobre alimentación y estreñimiento encontrarás más ejemplos de alimentos ricos en diferentes tipos de fibra, fermentados y formas sencillas de incorporar almidón resistente a tu alimentación.

Más fibra no siempre es mejor. Al menos, no en cualquier momento

Esta es una de esas situaciones en las que una recomendación correcta puede convertirse en una mala recomendación cuando pierde el contexto.

Y no es un tema nuevo para mí. Hace años ya hablaba de esta paradoja al explicar la relación entre estreñimiento y microbiota: cuando existen determinados síntomas digestivos, responder automáticamente añadiendo más y más fibra no siempre mejora la situación.

Imaginemos a una persona que llega a consulta con distensión abdominal importante, dolor, gases o alteraciones del tránsito. Ha leído que tiene que alimentar a sus bacterias, así que empieza a añadir más legumbres, más semillas, salvado, grandes cantidades de verduras y, por si acaso, un preparado con inulina.

Y se encuentra peor.

Esto no significa necesariamente que «la fibra le siente mal». Y desde luego no significa que tenga que eliminarla para siempre. Significa que una recomendación necesita una persona, una dosis y un momento.

Algunos carbohidratos fermentables pueden aumentar la producción de gas y desencadenar o exacerbar síntomas en determinadas personas. Aumentarlos mucho y de golpe simplemente porque “son buenos para la microbiota” no siempre es una buena estrategia.

Por eso hay una pregunta que me parece bastante más útil que «¿esto es bueno para la microbiota?»: ¿Es adecuado para esta persona, en esta cantidad y en este momento?

Eso es individualizar.

No eliminar alimentos indiscriminadamente. Pero tampoco obligar a un intestino sintomático a soportar algo porque, en teoría, debería ser beneficioso.

La diversidad intestinal tampoco se construye solo con fibra

Hay otra razón por la que no me gusta reducir la microbiota a “tomar fibra”.

Los alimentos son bastante más complejos que uno de sus nutrientes.

Los vegetales contienen una enorme variedad de compuestos bioactivos. Entre ellos encontramos los polifenoles, que pueden interactuar de forma bidireccional con nuestra microbiota: los microorganismos intestinales transforman algunos de estos compuestos y, al mismo tiempo, esos compuestos y sus metabolitos pueden influir sobre el ecosistema microbiano.

Aquí es donde algo tan cotidiano como utilizar hierbas aromáticas y especias empieza a resultar interesante. Romero, orégano, tomillo, cúrcuma, jengibre, canela o cacao, además de frutas y verduras de diferentes colores, pueden contribuir a aumentar la diversidad de compuestos vegetales de nuestra alimentación.

No porque una cucharadita de cúrcuma vaya a “curar” tu microbiota. Sino porque la variedad también se construye en los pequeños ingredientes que repetimos durante años.

Los alimentos fermentados pueden ocupar otro pequeño espacio. Yogur, kéfir, chucrut y otros fermentados pueden aportar microorganismos, componentes y metabolitos interesantes, aunque no todos los productos fermentados contienen microorganismos vivos cuando llegan a nuestra mesa ni necesitamos convertirlos en una obligación diaria.

Y después está otro de los grandes protagonistas del universo gut health: el caldo de huesos.

Puede ser una preparación interesante. Aporta líquido y compuestos derivados de los tejidos y proteínas utilizados en su elaboración, incluidos aminoácidos procedentes del colágeno en cantidades variables. Puede encajar perfectamente en una alimentación completa y resultar agradable y fácil de incorporar para muchas personas.

Pero no necesitamos inventarle poderes. Actualmente no tenemos evidencia clínica suficiente para afirmar que beber caldo de huesos vaya a “sellar”, “reparar” o restaurar por sí solo la barrera intestinal.

Y para mí eso no le resta valor. Se lo devuelve como alimento, en lugar de convertirlo en medicamento.

Podemos disfrutar de un caldo. Utilizar muchas especias. Comer alimentos fermentados. Preparar legumbres, verduras, frutas y tubérculos de maneras diferentes. Sin necesidad de convertir cada decisión en un tratamiento para nuestras bacterias.

A veces cuidar tu microbiota empieza por dejar de intentar optimizarla

Los suplementos pueden tener su lugar. Un probiótico bien elegido puede ser útil en determinados contextos. Un prebiótico puede utilizarse con una finalidad concreta. Una fibra suplementada puede ser una herramienta interesante cuando está indicada.

El problema no es utilizarlos. El problema aparece cuando los utilizamos sin saber qué problema estamos intentando resolver.

Porque entonces entramos fácilmente en una dinámica que conozco bien: aparece un síntoma, añadimos un producto. El síntoma continúa, añadimos otro. Alguien recomienda eliminar un alimento. Después otro. Y poco a poco una persona que quería cuidar su intestino termina comiendo menos cosas, tomando más productos y estando mucho más pendiente de cada sensación abdominal.

Eso no me parece una buena definición de salud intestinal.

Si una persona sin una patología digestiva concreta me preguntara por dónde empezar, probablemente miraría antes la monotonía o diversidad de su alimentación que su estantería de suplementos.

Miraría si siempre aparecen las mismas dos verduras, si hay diferentes frutas, si come legumbres cuando las tolera, si utiliza frutos secos y semillas, si alterna cereales y tubérculos, si podemos incorporar algún fermentado que le guste o si las hierbas y especias forman parte de su cocina.

Y después intentaría ampliar esa diversidad progresivamente. Sin retos de treinta plantas. Sin desayunos con catorce ingredientes para alimentar a las bacterias. Sin convertir cada comida en un proyecto de biohacking.

Porque no alimentamos la microbiota con productos. La alimentamos con patrones.

Y si existen síntomas digestivos persistentes, la conversación cambia. Ahí no necesitamos seguir experimentando a ciegas ni continuar eliminando o añadiendo alimentos porque alguien ha dicho que son buenos para el intestino. Necesitamos entender qué está ocurriendo.

Cuidar un ecosistema requiere diversidad, pero también contexto y tolerancia.

Quizá por eso, cuando alguien me pregunta qué puede tomar para mejorar su microbiota, rara vez empezaría por el bote.

Empezaría por la persona. Por lo que come, lo que tolera, sus síntomas, lo que ha eliminado, lo que necesita y el contexto en el que vive.

Porque tu microbiota no necesita que compres más cosas por defecto. Necesita que dejemos de tratarla como una moda y empecemos a entenderla como lo que es: un ecosistema complejo que forma parte de otro ecosistema todavía más complejo.

Tú.

¿Por qué llegas a la tarde con hambre aunque “hayas comido bien”?

¿Por qué llegas a la tarde con hambre aunque “hayas comido bien”?

Una comida puede estar bien elegida y no sostenerte demasiado

Hay una escena que se repite bastante en consulta: Una persona me cuenta que por la tarde tiene muchísima hambre y, casi inmediatamente, añade: «Pero si yo como bien».

Entonces revisamos el día. El desayuno parece correcto. La comida también. Hay fruta, verduras, alimentos poco procesados, quizá yogur, frutos secos, huevos, pescado… Sobre el papel, cuesta encontrar algo que esté “mal”.

Y probablemente no haya nada mal.

El problema es que estamos intentando responder a la pregunta equivocada.

Cuando reviso una alimentación no solo me interesa saber qué alimentos aparecen. También necesito entender qué función está cumpliendo cada comida para esa persona.

Porque una comida puede estar hecha con alimentos nutricionalmente interesantes y, sin embargo, sostenerte durante muy poco tiempo.

Y eso cambia bastante la conversación.

No es lo mismo quitarte el hambre que sostenerte

Dos desayunos pueden parecer igualmente correctos. Los dos pueden quitarte el hambre cuando terminas de comer. Incluso podrían aportar una cantidad de energía parecida.

Pero eso no significa que vayan a producir la misma experiencia durante las horas siguientes.

La saciedad no depende de una sola variable. Influyen la cantidad de proteína, la fibra, el volumen y la densidad energética de la comida, la presencia de grasa, la estructura de los alimentos y su grado de procesamiento. También importa cuánto has comido y, por supuesto, importa la persona que se sienta delante de ese desayuno.

No necesitas necesariamente lo mismo un domingo tranquilo que una mañana en la que has entrenado fuerza a las siete, llevas tres reuniones seguidas y no vas a poder comer hasta las dos y media.

Por eso hay una pregunta que me interesa mucho más que «¿este desayuno es saludable?»:

¿Qué necesitas que haga este desayuno por ti durante las próximas horas?

Parece un pequeño cambio de perspectiva, pero transforma la manera de construir una comida. Ya no estamos intentando que el plato cumpla una serie de normas. Estamos intentando que responda a unas necesidades.

La saciedad no depende de tu fuerza de voluntad

A veces pensamos en el hambre como si funcionara con un interruptor: comemos, desaparece; pasan unas horas y vuelve.

La regulación del apetito es bastante más compleja.

Mientras comemos y digerimos, el aparato digestivo, el tejido adiposo, el páncreas y el cerebro intercambian continuamente señales relacionadas con la disponibilidad de energía y nutrientes. La distensión del estómago, la composición de la comida y distintas señales hormonales participan en cómo se genera y cuánto dura la sensación de saciedad.

No necesitamos conocer toda esta fisiología para preparar el desayuno.

Pero sí entender algo importante: no todas las comidas generan la misma saciedad, aunque todas consigan quitarte el hambre al terminar.

La proteína suele contribuir de forma importante a la saciedad. La fibra, el volumen y la estructura de los alimentos también pueden influir. Las grasas participan en la digestión y aportan energía. Y los hidratos de carbono no son ese elemento que tenemos que eliminar para conseguir una comida “más saciante”: en función de la persona, la actividad y el resto de la comida, pueden ser precisamente parte de lo que necesitamos.

Por eso, si desayunas y una hora y media después estás buscando algo para comer de manera recurrente, quizá la pregunta no sea cómo controlar mejor tu apetito.

Quizá merece la pena revisar cómo está construido ese desayuno.

“Como sano” me dice bastante menos de lo que parece

Esta es una de las razones por las que en consulta la frase «yo como muy sano» me aporta relativamente poca información.

Necesito saber más.

Un bol de fruta puede formar parte de una buena alimentación. Un yogur también. Una tostada integral con tomate también.

Pero la valoración no termina ahí.

Necesito saber quién se lo está comiendo. Qué cantidad hay. Qué ha hecho antes. Cuántas horas pasarán hasta la siguiente comida. Si ha entrenado. Cómo llega habitualmente al mediodía. Si a las once vuelve a tener hambre. Si come tranquila o llega a la comida con la sensación de que se comería lo primero que encontrara.

Porque una alimentación no se construye sumando alimentos considerados saludables. Se construye combinándolos de manera que respondan a las necesidades de la persona que los come.

Esto conecta con algo que explicaba en Tu respuesta a los alimentos es más individual de lo que pensamos: el alimento importa, pero también importa el cuerpo que lo recibe y el contexto en el que lo recibe.

Y por eso copiar el desayuno de una nutricionista, de una amiga o de alguien que seguimos en Instagram, aunque sea nutricionalmente estupendo, no garantiza que sea el desayuno que tú necesitas.

El hambre de la tarde puede empezar mucho antes

Cuando alguien llega a consulta explicándome que a las seis de la tarde pierde el control con la comida, no empiezo necesariamente por las seis de la tarde.

Miro hacia atrás.

Quizá el desayuno le ha sostenido muy poco. Quizá han pasado demasiadas horas hasta la comida. Quizá el plato del mediodía tenía mucho volumen, pero poca energía para sus necesidades. Quizá la proteína era escasa. Quizá ha entrenado. O quizá simplemente han pasado cuatro o cinco horas y tener hambre es exactamente lo que cabría esperar.

Esta última posibilidad también merece espacio.

Porque estamos tan acostumbradas a intentar controlar el hambre que hemos acabado interpretando su aparición como una señal de que algo falla.

Y no.

Tener hambre no significa que hayas comido mal. Tampoco significa automáticamente que hayas comido poco. El hambre es una señal fisiológica influida por muchísimas variables y forma parte de un organismo que intenta regular la ingesta de energía.

Lo interesante aparece cuando el patrón se repite. Cuando cada tarde llegas con un hambre difícil de gestionar y tu respuesta consiste siempre en intentar controlarte un poco más.

Ahí quizá merece la pena dejar de mirar el problema donde aparece y empezar a buscar dónde se está construyendo.

Una pregunta más útil que “¿he comido bien?”

Durante demasiado tiempo hemos evaluado nuestra alimentación casi como si fuera un examen. He comido bien. He comido mal. Hoy me he portado bien. Esta tarde he picado.

Pero al cuerpo le importa bastante poco nuestra clasificación.

Una comida tiene una función. Tiene que aportar nutrientes, contribuir a cubrir nuestras necesidades y permitirnos afrontar lo que viene después con una sensación razonable de energía y saciedad.

No tiene que mantenernos llenas eternamente. No tiene que evitar cualquier deseo de comer. Y tampoco tiene que ser perfecta.

Tiene que funcionar dentro de nuestra vida.

Por eso, si llegas cada tarde con un hambre feroz, antes de intentar controlarla yo miraría hacia atrás. No para buscar dónde te has equivocado, sino para hacer una pregunta bastante más interesante:

¿Las comidas que estoy haciendo realmente me sostienen para la vida que les estoy pidiendo sostener?

Porque quizá no necesitas comer “más sano”.

Quizá necesitas dejar de construir tus comidas pensando únicamente en si están bien o mal y empezar a construirlas pensando en lo que tu cuerpo necesita hacer con ellas.

Y, para mí, esa es una forma mucho más interesante de entender la nutrición.

¿Necesito suplementos? La pregunta no es esa.

¿Necesito suplementos? La pregunta no es esa.

Hay una pregunta que casi siempre aparece en consulta

Después de muchos años de consulta hay preguntas que casi puedo anticipar antes de que aparezcan. Algunas cambian con las modas. Otras llevan años acompañándonos. Pero hay una que sigue repitiéndose una y otra vez.

«¿Qué suplemento me recomiendas?»

Es una pregunta completamente lógica. Vivimos rodeados de mensajes que prometen más energía, mejor descanso, menos inflamación, una piel más bonita o una microbiota más saludable, todo dentro de una cápsula. Cuando queremos cuidar nuestra salud, es fácil pensar que la respuesta puede encontrarse en un suplemento.

Y no hay nada malo en ello.

Los suplementos pueden ser herramientas muy útiles. Los utilizo en consulta cuando están indicados y también forman parte de mi rutina personal en situaciones concretas.

Pero casi nunca empiezo respondiendo esa pregunta. Porque antes necesito hacer otra: ¿Qué problema estás intentando resolver con ese suplemento?

Y esa respuesta suele ser mucho más importante que el nombre del producto.

Antes de añadir algo, necesito entender qué le falta a tu cuerpo

Imagina una planta que empieza a perder fuerza. Podrías comprar el fertilizante más caro del mercado, pero si lleva semanas sin agua o apenas recibe luz, el problema probablemente no era la falta de fertilizante.

Con el cuerpo ocurre algo parecido.

Antes de pensar en añadir un suplemento, intento entender si ya dispone de aquello que necesita para funcionar bien. Si está recibiendo suficiente proteína, si existe un déficit nutricional real o simplemente una sospecha, si duerme las horas necesarias para recuperarse, si entrena fuerza con regularidad o si pasa el día sobreviviendo a base de café y comidas improvisadas.

Muchas veces buscamos una solución nueva para un problema que empezó mucho antes.

Por eso, antes de hablar de suplementos, casi siempre hablamos de hábitos. No porque sean una respuesta mágica, sino porque son el terreno sobre el que cualquier intervención posterior tendrá más posibilidades de funcionar.

Si quieres profundizar en por qué aspectos como la proteína o la masa muscular tienen mucho más impacto del que solemos imaginar, te recomiendo leer Las decisiones nutricionales que más protegen tu salud… aunque hoy no lo notes, donde explico por qué algunas decisiones aparentemente pequeñas pueden influir en la salud durante muchos años.

El cuerpo funciona por prioridades, no por acumulación

Hay una idea de fisiología que me parece especialmente útil para entender todo esto.

Nuestro organismo no funciona acumulando recursos sin más. Funciona estableciendo prioridades.

Cuando la energía es insuficiente, prioriza las funciones imprescindibles para sobrevivir. Cuando determinados nutrientes escasean durante mucho tiempo, los distribuye allí donde resultan más necesarios. Y cuando el descanso, la alimentación o el ejercicio no acompañan, el contexto en el que tiene que trabajar sigue siendo el mismo, aunque añadamos un suplemento.

Por eso, a veces, una persona empieza a tomar varias cápsulas esperando encontrarse mejor y apenas nota cambios.

No siempre significa que el suplemento no funcione. Muchas veces significa que está intentando construir el tejado antes de reforzar los cimientos.

Comprender este orden de prioridades cambia por completo la forma de cuidar la salud. La conversación deja de centrarse en qué podemos añadir y empieza a centrarse en qué necesita realmente el cuerpo para funcionar mejor.

Entonces… ¿cuándo tienen sentido los suplementos?

Todo esto no significa que los suplementos no sirvan. Al contrario. La evidencia científica respalda claramente su uso en muchas situaciones concretas.

La vitamina D cuando existe un déficit o un riesgo elevado de padecerlo. La vitamina B12 en personas vegetarianas o veganas. La creatina, cuya evidencia ya no se limita al rendimiento deportivo y que cada vez despierta más interés por su papel en la preservación de la masa muscular y la función cognitiva, especialmente a medida que envejecemos. O el omega-3 cuando la alimentación no cubre las necesidades o existen circunstancias en las que puede aportar un beneficio.

Podríamos añadir muchos más ejemplos.

El problema nunca ha sido el suplemento. El problema es esperar que haga el trabajo que corresponde a otras áreas de nuestra salud.

Ningún suplemento puede sustituir una alimentación insuficiente. Tampoco puede compensar meses de mal descanso, construir masa muscular sin entrenamiento o neutralizar por sí solo las consecuencias de vivir en un estado de estrés permanente.

No porque sea un mal suplemento. Sino porque nunca fue diseñado para eso.

De hecho, muchas personas buscan un suplemento para recuperar la energía cuando el problema no está relacionado con una carencia nutricional, sino con una desregulación mucho más amplia. Si este tema te interesa, puedes leer también No es falta de energía. Es desregulación, donde explico por qué sentirse cansada no siempre significa que necesites añadir algo a tu dieta.

Lo importante no es el bote. Es el criterio.

Después de tantos años de consulta hay una escena que se repite con frecuencia. Una persona abre el bolso, saca varios suplementos y me pregunta cuál añadiría yo.

Sin embargo, casi nunca empezamos hablando de cápsulas.

Empezamos hablando de cómo duerme. De cómo organiza sus comidas. De si llega con hambre por la noche. De cuánto se mueve. De si tiene tiempo para cocinar. De sus analíticas. De cómo es su día a día.

Porque cuando entiendo cómo vive esa persona, muchas veces también entiendo por qué está buscando una solución dentro de un bote.

Con el tiempo también me he dado cuenta de otra cosa.

En salud existe una especie de coste de oportunidad. Cuando ponemos toda nuestra atención en encontrar el suplemento perfecto, corremos el riesgo de dejar en segundo plano aquello que probablemente tendría un impacto mucho mayor: entrenar fuerza, dormir mejor, comer suficiente proteína o simplemente organizar nuestras comidas para dejar de improvisar cada día.

No porque los suplementos sean inútiles.

Sino porque su efecto siempre será mayor cuando el terreno ya está preparado.

La pregunta que sí merece la pena hacerse

Los suplementos ocupan un lugar importante en la nutrición cuando están bien indicados. Sería un error demonizarlos, igual que lo es pensar que pueden resolver por sí solos problemas que llevan meses o años construyéndose.

Quizá por eso, cuando alguien me pregunta qué suplemento le recomendaría, cada vez tengo más claro que la respuesta depende menos del bote y más de la persona que tengo delante. De sus analíticas. De su alimentación. De cómo duerme. De cuánto se mueve. De cuál es su objetivo y del momento vital en el que se encuentra.

Porque recomendar un suplemento no consiste simplemente en añadir una cápsula. Consiste en entender primero qué necesita ese cuerpo. Y solo después decidir si ese suplemento puede aportar algo que la alimentación y los hábitos, por sí solos, no están consiguiendo cubrir.

Al final, cuidar la salud no suele empezar comprando algo nuevo. Suele empezar aprendiendo a distinguir qué es esencial y qué es complementario. Y ese criterio, mucho más que cualquier suplemento, es probablemente una de las mejores herramientas que puedes desarrollar para cuidar de tu salud a largo plazo.

Si quieres empezar precisamente por esa base, quizá también te interese Cómo organizar tus menús semanales para reducir inflamación, ansiedad y decisiones constantes. Porque, antes de pensar en qué añadir, merece la pena construir unos cimientos sólidos sobre los que todo lo demás tenga sentido.

¿Por qué en verano muchas personas sienten que comen mejor… pero se encuentran peor?

¿Por qué en verano muchas personas sienten que comen mejor… pero se encuentran peor?

El verano cambia el apetito. No las necesidades de tu cuerpo.

Cada verano escucho frases muy parecidas en la consulta.

«Estoy comiendo mucho más ligero.», «Casi no pico entre horas.», «Como muchísima fruta y ensaladas.» Y, sin embargo, esas mismas personas terminan la conversación diciendo algo que, a primera vista, parece contradictorio:  «Llego agotada al final del día.», «A las diez de la noche me comería la nevera.», «Tengo menos energía que durante el invierno.»

La mayoría piensa que el problema está en algún alimento concreto. Que quizá debería eliminar el pan. O comer menos fruta. O evitar el helado del fin de semana.

Pero, muchas veces, el problema no está en lo que has añadido. Está en lo que, sin darte cuenta, has dejado de aportar.

Porque el verano cambia el apetito.

No cambia las necesidades de tu cuerpo.

Cuando hace calor, el apetito baja. La fisiología sigue trabajando igual.

Es completamente normal que en verano tengas menos hambre.

No es una falta de disciplina. Es una respuesta fisiológica.

Nuestro organismo necesita mantener una temperatura corporal relativamente constante. Cuando hace mucho calor, una parte importante del trabajo consiste en disipar ese exceso de temperatura a través de la piel y la sudoración.

Además, la digestión también genera calor. Es lo que conocemos como termogénesis inducida por los alimentos. Por eso, de forma espontánea, solemos preferir comidas más frescas, ligeras y menos abundantes.

Hasta aquí, todo tiene sentido.

El problema aparece cuando interpretamos esa disminución del apetito como una disminución de las necesidades del organismo.

Y eso no ocurre.

Tu cuerpo sigue renovando tejidos. Sigue fabricando proteínas. Sigue necesitando aminoácidos para conservar la masa muscular.

Si quieres entender por qué conservar masa muscular influye mucho más de lo que pensamos en la salud metabólica, te recomiendo leer Cómo mejorar la sensibilidad a la insulina sin obsesionarte con la comida.

Sigue utilizando vitaminas y minerales para cientos de reacciones metabólicas cada segundo. Y sigue necesitando energía para hacer exactamente las mismas funciones que hacía en enero.

El calor modifica las señales de hambre. No modifica aquello que tu cuerpo necesita para funcionar.

El error del verano no suele ser comer peor. Suele ser comer menos de lo que necesitas.

Hay una asociación que hacemos casi sin darnos cuenta: Fresco significa saludable. Y saludable significa suficiente.

Pero no siempre es así.

Una ensalada puede ser una comida excelente. O puede quedarse muy lejos de cubrir las necesidades del organismo. Lo mismo ocurre con un gazpacho, un yogur o un plato de fruta. No porque esos alimentos sean poco saludables. Sino porque, por sí solos, muchas veces no aportan suficiente proteína, ni suficiente energía, ni la combinación de nutrientes que permite mantener la saciedad durante horas.

En este otro artículo profundizo en por qué algunas decisiones nutricionales protegen nuestra salud mucho más de lo que imaginamos: «Las decisiones nutricionales que más protegen tu salud… aunque hoy no lo notes».

En verano no solemos sustituir las verduras por ultraprocesados. De hecho, muchas personas comen más fruta y más vegetales que durante el resto del año.

Lo que suele desaparecer es otra cosa.

La proteína.

Las legumbres.

Los hidratos de carbono completos.

Las comidas estructuradas.

Y, poco a poco, el plato deja de alimentar aunque siga pareciendo muy saludable.

¿Por qué a las diez de la noche parece que te comerías la nevera?

Seguro que reconoces esta escena.

Desayunas poco porque no tienes hambre. Al mediodía comes una ensalada y una pieza de fruta. Por la tarde apenas te apetece merendar. Y, de repente, llega la noche.

Empiezas con unas aceitunas mientras preparas la cena. Después un poco de pan. Un trozo de queso. Un puñado de frutos secos. Y tienes la sensación de que podrías seguir comiendo.

Muchas personas interpretan ese momento como una falta de fuerza de voluntad. Sin embargo, muchas veces la explicación es mucho más sencilla.

Has pasado todo el día aportando menos energía y menos proteína de la que tu cuerpo necesitaba. Además, si has caminado más, has nadado, has hecho deporte o simplemente has pasado horas soportando altas temperaturas, el organismo ha seguido trabajando y consumiendo recursos.

Cuando las comidas son demasiado ligeras y contienen poca proteína, fibra o hidratos de carbono de calidad, la glucosa en sangre suele mantenerse estable durante menos tiempo y la saciedad desaparece antes.

No significa necesariamente que estés sufriendo una hipoglucemia. Significa que tu cuerpo lleva horas intentando compensar una ingesta insuficiente.

Y cuando llega la noche, reclama aquello que no ha recibido durante el día. No porque hayas perdido el control. Sino porque sigue intentando protegerte.

Comer fresco no significa comer poco. Significa comer de otra manera.

Adaptar la alimentación al verano tiene todo el sentido del mundo.

No necesitamos los mismos platos que en enero. Pero adaptar no significa renunciar.

Una ensalada puede ser una comida completa si incluye una buena fuente de proteína, verduras variadas, grasas saludables y algún alimento rico en hidratos de carbono cuando lo necesites.

Un gazpacho puede formar parte de una comida magnífica si lo acompañas de tortilla, pescado, legumbres o hummus.

La diferencia no está en que el plato sea frío o caliente. Está en si realmente aporta los recursos que tu cuerpo necesita.

Porque la nutrición no consiste en llenar el estómago. Consiste en alimentar los tejidos.

Y esos tejidos siguen trabajando igual en agosto que en febrero.

El verano cambia muchas cosas. Tu fisiología, no.

El verano cambia los horarios. Cambia las rutinas. Cambia incluso las señales de hambre.

Pero hay algo que no cambia.

Tu cuerpo sigue intentando hacer exactamente lo mismo que el resto del año: conservar músculo, reparar tejidos, mantener el equilibrio hormonal, responder al ejercicio y darte la energía que necesitas para vivir.

La pregunta, por tanto, no es si este verano estás comiendo más ligero. La pregunta es si, detrás de esa ligereza, tu cuerpo sigue encontrando los recursos que necesita.

Porque escuchar el apetito es importante. Pero aprender a alimentar el cuerpo incluso cuando el apetito cambia… también es una forma de cuidarte.

Si además quieres aprender a organizar comidas completas sin complicarte, te recomiendo leer «Cómo organizar tus menús semanales para reducir inflamación, ansiedad y decisiones constantes«.

Y quizá esa sea una de las mejores definiciones de comer con criterio.

Las decisiones nutricionales que más protegen tu salud… aunque hoy no lo notes

Las decisiones nutricionales que más protegen tu salud… aunque hoy no lo notes

La pregunta que casi nadie se hace

Cada vez que comes estás tomando una decisión.

Algunas parecen importantes. Otras completamente insignificantes. Elegir un desayuno, añadir proteína a la comida, salir a caminar después de cenar o preparar un menú para no improvisar al día siguiente.

El problema es que solemos valorar esas decisiones por el efecto inmediato que tienen. Si hoy peso un poco menos. Si mañana me siento menos hinchada. Si esta semana he sido «buena».

Pero el cuerpo no funciona con ese horizonte temporal.

La mayoría de los tejidos que intentamos cuidar (el músculo, los huesos, el metabolismo o incluso la salud cardiovascular) no cambian por una comida. Cambian por miles de decisiones repetidas durante años.

Quizá por eso la pregunta más útil no es si una elección es saludable.

La pregunta realmente interesante es otra:

¿Esta decisión ayuda a construir el cuerpo con el que quiero vivir dentro de veinte años?

El cuerpo no recuerda un día. Recuerda un patrón.

Hay una idea fascinante de la fisiología: el organismo no hace balance cada noche. No decide que hoy has comido muy bien o muy mal. Lo que hace es adaptarse continuamente a las señales que recibe con más frecuencia.

Si durante años recibe suficiente proteína, entiende que merece la pena mantener masa muscular. Si recibe entrenamiento de fuerza, interpreta que ese músculo sigue siendo necesario y hace un esfuerzo por conservarlo. (Si quieres profundizar en por qué el músculo influye mucho más de lo que pensamos en nuestra salud metabólica, te recomiendo leer este artículo: Cómo mejorar la sensibilidad a la insulina sin obsesionarte con la comida). Si recibe fibra de forma habitual, cambia la microbiota. Si descansas mejor, también cambia la forma en la que regulas el apetito, la glucosa o la respuesta al estrés.

Nada de eso ocurre por una decisión aislada.

Ocurre porque el cuerpo identifica un patrón y responde a él.

Y esa es una de las razones por las que las soluciones rápidas suelen durar tan poco. Intentan cambiar un día, mientras que la biología siempre está respondiendo a años.

La ciencia no habla solo de vivir más. Habla de vivir mejor.

Cuando los investigadores estudian qué factores predicen un envejecimiento saludable, los resultados suelen ser mucho menos espectaculares de lo que imaginamos.

No aparece un superalimento. Ni un suplemento milagroso. Ni la última dieta de moda.

Una y otra vez aparecen los mismos protagonistas: conservar masa muscular, mantener una buena capacidad funcional, cuidar la salud metabólica, moverse con regularidad y cubrir las necesidades nutricionales del organismo.

¿Por qué?

Porque llegar a los ochenta años no es el único objetivo.

La verdadera pregunta es cómo quieres llegar.

Con fuerza para levantarte del suelo sin ayuda. Con equilibrio para caminar por la montaña. Con suficiente músculo para recuperarte mejor de una enfermedad. Con autonomía para cargar una maleta, jugar con tus nietos o seguir viviendo la vida que te gusta.

Eso también es salud.

Y, probablemente, es mucho más importante que perder tres kilos antes del verano.

El futuro no se improvisa

Dentro de veinte años no recordarás si un martes elegiste arroz o patata. Ni si un domingo compartiste un trozo de pastel con tu familia.

Lo que sí recordará tu cuerpo es el patrón que construiste durante todo ese tiempo.

Si le ofreciste suficiente proteína para conservar el músculo. Si dejaste de tener miedo a comer. Si entrenaste para ganar capacidad, no solo para quemar calorías (Entrenar fuerza no es físico. Es psicológico). Si entendiste que la salud no se construye desde la perfección, sino desde la repetición.

Creo que esa es una de las mayores diferencias entre seguir reglas y desarrollar criterio.

Las reglas intentan resolver el presente. El criterio protege el futuro.

Y quizá esa sea la pregunta que merece acompañarte mucho más allá de este artículo: ¿Esta decisión ayuda a construir el cuerpo con el que quiero vivir dentro de veinte años?