Hemos convertido la salud intestinal en otra lista de cosas que comprar
Probióticos. Prebióticos. Simbióticos. Enzimas digestivas. Fibras en polvo. Kombucha. Colágeno. Productos que prometen alimentar tus bacterias, mejorar la digestión o conseguir una microbiota más diversa.
Cada vez sabemos más sobre la relación entre la microbiota intestinal y nuestra salud. Y eso es una buena noticia. El problema es que también hemos convertido un ecosistema extraordinariamente complejo en una nueva categoría de consumo.
Lo veo con frecuencia en consulta. Una persona llega preocupada por su salud digestiva y ya está tomando un probiótico. A veces dos. Ha añadido fibra al desayuno, compra productos enriquecidos con prebióticos y ha empezado a tomar algún fermentado porque ha leído que es bueno para la microbiota.
Pero sigue hinchándose. O tiene gases. O su tránsito intestinal ha empeorado. Y entonces aparece la pregunta: «¿Qué más podría tomar?»
Yo muchas veces empezaría justo en la dirección contraria.
Antes de añadir algo, intentaría entender qué está ocurriendo.
Porque cuidar la microbiota no consiste en acumular productos destinados a la microbiota. Consiste en comprender qué necesita el ecosistema que ya vive dentro de nosotros.
Tu microbiota es un ecosistema, no algo que puedas “optimizar” con una cápsula
Cuando hablamos de microbiota intestinal nos referimos a una enorme comunidad de microorganismos que conviven en nuestro aparato digestivo e interactúan entre ellos, con nuestra alimentación y con nuestro propio organismo.
No existe una única microbiota perfecta que todos debamos intentar conseguir. Y tampoco podemos reducir la salud intestinal a tener muchas bacterias “buenas” y pocas bacterias “malas”.
Importa qué microorganismos están presentes, pero también qué funciones realizan, cómo interactúan entre ellos y cuál es el entorno en el que viven. Y ese entorno se construye todos los días.
Nuestra alimentación influye, pero no es la única variable. También intervienen la edad, la actividad física, el sueño, el estrés, determinadas enfermedades, nuestro entorno y algunos medicamentos, especialmente los antibióticos.
Por eso me cuesta hablar de “mejorar la microbiota” como si pudiéramos hacerlo introduciendo un producto concreto.
Un ecosistema no se construye acumulando suplementos. Se construye creando las condiciones para que pueda funcionar. Y aquí conviene entender dos palabras que utilizamos muchísimo.
Los probióticos son microorganismos vivos que, administrados en cantidades adecuadas, pueden producir un beneficio para la salud. Pero no todos hacen lo mismo: sus efectos dependen del microorganismo o cepa concreta, la dosis, la indicación y el contexto. Decir «toma un probiótico para el intestino» es bastante menos preciso de lo que parece.
Los prebióticos, en cambio, son sustratos que los microorganismos del huésped utilizan selectivamente y que producen un beneficio para la salud. Algunos tipos de fibra pueden ejercer un efecto prebiótico, pero fibra y prebiótico no son exactamente sinónimos.
Y esta diferencia nos lleva a algo mucho más interesante que elegir un bote.
Tu microbiota no come “fibra”: necesita sustratos que pueda utilizar
Cuando hablamos de alimentar la microbiota solemos resumirlo en una recomendación: come más fibra. Como mensaje general no está mal. Pero fisiológicamente podemos afinar bastante más.
Parte de los carbohidratos que ingerimos no son digeridos y absorbidos completamente en el intestino delgado y pueden llegar al colon, donde determinados microorganismos los utilizan como sustrato. Dentro de este concepto encontramos los llamados MAC, del inglés microbiota-accessible carbohydrates: carbohidratos accesibles para la microbiota.
Aquí pueden entrar diferentes fibras fermentables y determinadas formas de almidón resistente. Y lo interesante es que no todos esos sustratos son iguales ni todos nuestros microorganismos tienen capacidad para utilizarlos de la misma manera.
Cuando las bacterias intestinales fermentan algunos de estos compuestos producen metabolitos, entre ellos ácidos grasos de cadena corta como el acetato, el propionato o el butirato, que participan en diferentes funciones relacionadas con el entorno intestinal y nuestro metabolismo.
¿La conclusión práctica? No necesitamos encontrar el MAC perfecto. Es justo la contraria. Una microbiota diversa necesita recibir también una cierta diversidad de sustratos.
Por eso me interesa que a lo largo de la semana aparezcan verduras diferentes, frutas, legumbres, frutos secos, semillas, cereales integrales, tubérculos, hierbas y especias, siempre adaptados a la tolerancia y las necesidades de cada persona.
Incluso la forma en la que preparamos algunos alimentos puede modificar lo que llega a nuestra microbiota. Cuando cocinamos determinados alimentos ricos en almidón, como la patata o el arroz, y posteriormente los enfriamos, parte de ese almidón puede retrogradarse y hacerse más resistente a nuestra digestión. Una mayor proporción puede llegar al colon y quedar disponible para la microbiota.
¿Significa esto que a partir de mañana tienes que comer la patata fría? No. Y precisamente ahí empieza el criterio. Entender un mecanismo fisiológico debería ayudarnos a ampliar posibilidades, no a crear una nueva norma alimentaria.
Si quieres llevar esta idea a algo mucho más práctico, en mi artículo sobre alimentación y estreñimiento encontrarás más ejemplos de alimentos ricos en diferentes tipos de fibra, fermentados y formas sencillas de incorporar almidón resistente a tu alimentación.
Más fibra no siempre es mejor. Al menos, no en cualquier momento
Esta es una de esas situaciones en las que una recomendación correcta puede convertirse en una mala recomendación cuando pierde el contexto.
Y no es un tema nuevo para mí. Hace años ya hablaba de esta paradoja al explicar la relación entre estreñimiento y microbiota: cuando existen determinados síntomas digestivos, responder automáticamente añadiendo más y más fibra no siempre mejora la situación.
Imaginemos a una persona que llega a consulta con distensión abdominal importante, dolor, gases o alteraciones del tránsito. Ha leído que tiene que alimentar a sus bacterias, así que empieza a añadir más legumbres, más semillas, salvado, grandes cantidades de verduras y, por si acaso, un preparado con inulina.
Y se encuentra peor.
Esto no significa necesariamente que «la fibra le siente mal». Y desde luego no significa que tenga que eliminarla para siempre. Significa que una recomendación necesita una persona, una dosis y un momento.
Algunos carbohidratos fermentables pueden aumentar la producción de gas y desencadenar o exacerbar síntomas en determinadas personas. Aumentarlos mucho y de golpe simplemente porque “son buenos para la microbiota” no siempre es una buena estrategia.
Por eso hay una pregunta que me parece bastante más útil que «¿esto es bueno para la microbiota?»: ¿Es adecuado para esta persona, en esta cantidad y en este momento?
Eso es individualizar.
No eliminar alimentos indiscriminadamente. Pero tampoco obligar a un intestino sintomático a soportar algo porque, en teoría, debería ser beneficioso.


